En muchas culturas tradicionales, los ritos de paso cumplían una función psíquica y social fundamental. No solo marcaban un cambio de estatus, sino que ofrecían un marco simbólico para soltar una identidad anterior y asumir otra, una identidad enriquecida idealmente. Había un antes, un durante y un después. El infante dejaba de serlo ante la mirada de la comunidad, y el adulto emergía con nuevas responsabilidades, posibilidades y límites. En nuestra sociedad contemporánea, ese umbral se ha diluido. Crecemos biológicamente, acumulamos años y experiencias, y al mismo tiempo no contamos con un momento claro que nos invite a revisar quiénes somos ahora y qué estrategias ya no nos sirven.
Sin ritos de paso, la transición queda privatizada e indefinida. Cada quien intenta “hacerse adulto” como puede, con las herramientas que tiene a la mano, que suelen ser las mismas que aprendió en la infancia. Estrategias que en su momento fueron adaptativas (como lo nombra Gabor Mate en el mito de la normalidad) —complacer para no ser abandonado, evitar el conflicto para sentirse seguro, buscar aprobación constante, rebelarse sin dirección, depender emocionalmente de figuras de autoridad— y que en la adultez se vuelven fuentes de sufrimiento, estancamiento y repetición. El problema no es haberlas aprendido, el problema es no haber tenido un espacio simbólico y relacional donde agradecerlas, despedirlas y transformarlas.
El “adulto chiquito” es alguien con capacidad cognitiva adulta y con un mundo emocional organizado desde necesidades infantiles no elaboradas. Personas que exigen al mundo lo que nadie les dio, que viven relaciones desde la demanda y no desde la elección, que confunden autonomía con aislamiento y dependencia con amor. No porque estén “mal”, sino porque nunca fueron acompañadas a cruzar el umbral que separa el “necesito que me cuiden” del “puedo cuidarme y elegir con quién vincularme”.
Este vacío se agrava cuando observamos cómo se constituye la identidad en sociedades atravesadas por narrativas dominantes y sistemas de poder. Desde muy temprano aprendemos historias sobre quiénes debemos ser, qué es valioso, qué es exitoso, qué es deseable y qué es vergonzoso, como "deben" ser los hombres y la mujeres. Historias sostenidas por el capitalismo, el patriarcado, el colonialismo, el productivismo y la lógica del rendimiento. Narrativas que nos prometen pertenencia a cambio de obediencia, reconocimiento a cambio de sumisión, amor a cambio de encajar.
En ese contexto, la identidad no se construye como un proceso vivo y reflexivo, sino como una adaptación forzada. Nos volvemos alguien “legible” para el sistema y al mismo tiempo nos alejamos de una identidad adulta genuina. Una identidad adulta implicaría poder decir: esto sí, esto no; esto es parte de mis preferencias, esto lo heredé y ya no lo quiero; esto me define y esto solo me protegió en otro momento de mi vida, estros son mis sentimientos, estas mis necesidades y estas mis posibilidades. Sin ritos de paso, esa revisión queda pendiente y la identidad se vuelve rígida, reactiva o prestada.
Además, las narrativas dominantes tienden a infantilizar. Nos dicen qué desear, cómo amar, cómo enojarnos, cómo sanar y cómo tener éxito. Nos ofrecen soluciones rápidas, gurús, fórmulas y pertenencias instantáneas. Todo eso reduce la complejidad de la adultez, que por definición implica ambigüedad, responsabilidad y la capacidad de sostener tensiones sin colapsar. Ser adulto no es tener todas las respuestas, es poder hacerse cargo de las preguntas sin delegarlas constantemente en otros, hacerse responsable, da cuenta de si.
La falta de ritos de paso también impacta en nuestra relación con el poder y la autoridad. Sin una identidad adulta consolidada, oscilamos entre la sumisión y la rebeldía infantil. Obedecemos sin cuestionar o desafiamos sin entender y sin intención de construir. Nos cuesta habitar una posición adulta desde la cual dialogar, negociar, poner límites y asumir consecuencias. Y al mismo tiempo buscamos figuras parentales en líderes, parejas, terapeutas, ideologías o comunidades que prometen contención sin exigir responsabilidad.
Recuperar la noción de rito de paso en la adultez no implica volver a prácticas tradicionales de forma literal. Implica crear espacios simbólicos, terapéuticos, comunitarios y narrativos donde podamos hacer el trabajo que quedó pendiente. Nombrar las estrategias infantiles que nos salvaron y reconocer que hoy nos limitan. Honrar la historia personal sin quedar atrapados en ella. Revisar las narrativas dominantes que habitan nuestra identidad y decidir conscientemente cuáles seguimos sosteniendo.
Desde enfoques como la terapia narrativa, este proceso se entiende como una reautoría de la propia vida. No negamos el pasado, y al mismo tiempo tomamos el rol de guionista de nuestra propia vida, de nuestra vida preferida. Desde la comunicación no violenta, aprendemos a reconocer necesidades actuales sin exigir que el mundo repare carencias antiguas. Desde una ética adulta, asumimos que nadie vendrá a otorgarnos la identidad que no nos atrevemos a construir.
Convertirse en adulto no es un evento automático ni un título que se obtiene con la edad. Es un proceso activo de diferenciación, duelo y elección. Requiere despedirse del niño que necesitaba sobrevivir y abrir espacio al adulto que puede vivir. En una sociedad que no ofrece ritos de paso, el desafío es crearlos conscientemente. No para endurecernos, sino para volvernos más libres. No para dejar de sentir, sino para entender nuestros sentires y darles un lugar. No para negar nuestra historia, sino para que deje de decidir por nosotros.
Tal vez el acto más radical hoy sea ese: atrevernos a cruzar el umbral que nadie marcó por nosotros y asumir, por fin, una identidad adulta, autónoma y viva.